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Hace mucho tiempo habÃa un pueblo aborigen que vivia muy feliz, comÃan de los frutos de la tierra y estaban sanos porque usaban las plantas como medicinas.
Pero la gran riqueza les hizo olvidar sus deberes cotidianos, dejaron de levantar los altares a sus dioses, permitieron que las herramientas de trabajo se enmohecieran y se olvidaron de sus campos. Se dedicaron solamente a las fiestas y las diversiones.
Tuca, la hija del gran cacique, rezaba para que la desgracia no cayera sobre ellos, pero el dios sol, enojado por la pereza del pueblo, arrojó sobre ellos sus poderosos rayos y quemó la tierra, convirtió sus reservas en granos de polvo y escaseó el agua.
Tuca corrió hasta un altar y dejó alimentos, encendió un fuego para quemar hierbas olorosas y rezó a la Pachamama.
Vencida por el llanto se quedó dormida, tuvo un sueño en el cual la diosa Pachamama se le aparecÃa y le decÃa: “levántate Tuca, y junta los frutos del árbol que te cobija, y asà tu pueblo se salvará y lo llamará con tu nombre.
Tuca se despertó y miró hacia arriba, un árbol gigantesco le habÃa prestado su sombra y de sus ramas colgaban vainas marrones cuya forma nunca harÃa pensar que servÃan de alimento. Tuca juntó las vainas y corrió a llevárselas a su gente.
Asà conocieron al algarrobo que los salvó del hambre y la perdición.
Fuente: Web de la municipalidad de Mina Clavero
El padre habÃa hecho una gran fortuna y sus dos hijos disfrutaban de buena vida. Era un buen trabajador en el campo y además tuvo suerte con algunos de los negocios que habÃa emprendido. El hombre, que era bastante mayor, un dÃa enfermó gravemente y poco tiempo después murió. Asà fue que dejó para sus hijos esa inmensa fortuna.
Cuando el tiempo de luto se cumplió, los muchachos se hicieron cargo de sus riquezas y se dispusieron a disfmadas a lo grande. Comenzaron a aparecer amigos de todos lados, los gastos aumentaban más y más.
Desgraciadamente, para sostener el modo de vida que eligieron, necesitaron comenzar a vender parte de los bienes heredados. De a uno fueron despojándose de los buenos enseres de: hogar, hasta
que ya nada quedó y tuvieron que vender la propiedad paterna en toda su extensión.
De la riqueza y de la vida fácil pasaron abruptamente a conocer la cara más cruda de la pobreza. No tenÃan ni casa ni abrigo. Los que se decÃan amigos, raudamente habÃan desaparecido. En esa
situación se encontraban cuando, al no hallar remedio a la miseria que los perseguÃa, los ganó la
desesperación. Se fueron al campo, se ocultaron de sus vecinos y se pusieron a llorar desconsoladamente, hasta quedarse dormidos.
Cuando despertaron, descubrieron su pequeñez y su nuevo aspecto: quisieron hablarse y no pudieron, solo un extraño sonido surgió de sus antiguas bocas. Se habÃan convertido en aves, eran teros. Sin embargo, algo conservaban de su pasado esplendor: la corbata y la pechera de la camisa. Y parte de su soberbia quedó plasmada en un copete.
Asà castigó Dios la imprudencia de estos jóvenes. Pero aún hoy puede observarse, como prueba de su arrepentimiento, un cÃrculo rojo alrededor de sus ojos, huella visible de su angustioso llanto
producido por tan mal comportamiento.
ExtraÃdo de Leyendas indÃgenas de la Argentina, de Lautaro Parodi. Ediciones Libertador. Buenos Aires 2005
EL HORNERO
La casita del hornero
tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala
justamente el nido entero.
En la sala, muy orondo,
el padre guarda la puerta,
con su camisa entreabierta
sobre su buche redondo.
Lleva siempre un poco viejo
su traje aseado y sencillo,
que, con tanto hacer ladrillo,
se la habrá puesto bermejo.
Elige como un artista
el gajo de un sauce añoso,
o en el poste rumoroso
se vuelve telegrafista.
Allá, si el barro está blando,
canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
y hacer mi choza cantando.
Asà le sale bien todo,
y asÃ, en su honrado desvelo,
trabaja mirando al cielo
en el agua de su lodo.
Por fuera la construcción,
como una cabeza crece,
mientras, por dentro, parece
un tosco y buen corazón.
Pues como su casa es centro
de todo amor y destreza,
la saca de su cabeza
y el corazón pone adentro.
La trabaja en paja y barro,
lindamente la trabaja,
que en el barro y en la paja
es arquitecto bizarro.
La casita del hornero
tiene sala y tiene alcoba,
y aunque en ella no hay escoba,
limpia está con todo esmero.
Concluyó el hornero el horno,
y con el último toque,
le deja áspero el revoque
contra el frÃo y el bochorno.
Ya explora al vuelo el circuito,
ya, cobre la tierra lisa,
con tal fuerza y garbo pisa,
que parece un martillito.
La choza se orea, en tanto,
esperando a su señora,
que elegante y avizora,
llena su humildad de encanto.
Y cuando acaba, jovial,
de arreglarla a su deseo,
le pone con un gorjeo
su vajilla de cristal.
Publicado originalmente en El libro de los paisajes (1917)
Inaugurando otra categorÃa, este post va dedicado al ave nacional argentina: el hornero.
La recopilación de leyendas de Córdoba será una manera interesante y placentera de revisar y revalorar los elementos que componen nuestro patrimonio material e inmaterial.
En el caso del hornero, he podido encontrar hasta ahora al menos tres leyendas diferentes. Próximamente iré subiendo las demás.

Leyenda del Hornero
Amanece en el norte cordobés.
En este paisaje donde todo es auténtico y natural tenÃa su asentamiento una tribu de indios laboriosos, pacÃficos, mezcla de sanavirones y diaguitas.
Allà vivÃa un indio anciano acompañado solamente por su nieto Jahé, un muchacho fuerte y trabajador.
Su abuelo le habÃa enseñado el oficio de albañil y él, solidario con las otras familias de la tribu, les ayudaba a construir sus pobres casas reemplazando los toldos de ramas y cueros.
Una tarde, cansado de la dura jornada del dÃa, se acostó a la sombra de un árbol cercano al arroyo, cuando vio que una muchacha muy hermosa caminaba apresurada por el sendero.
El. joven quiso seguirla pero ella no le dio tiempo y se perdió en la espesura del bosquecillo de jarillas, retamas y espinillos…
Pero sà tuvo tiempo para mirarlo y sus ojos se encontraron.
Ambos supieron que habÃa nacido entre ellos el amor a «primera vista».
Jahé contó a su abuelo el fugaz encuentro.
-Ten cuidado. No mires tan alto. Ella es la hija de nuestro cacique. No será fácil llegar a esa muchacha y conquistar su amor.
Buen razonamiento del abuelo. Yunka, la india, tenÃa muchos pretendientes y un padre muy severo que aspiraba para su hija un esposo de mayor jerarquÃa.
Pero Jahé no se desanimó, se propuso hacer lo que fuera necesario para conquistar a la jovencita.
Fue asà como, cuando el cacique llamó a los hombres jóvenes de la tribu para someterlos a una difÃcil prueba, él estuvo entre los primeros.
La prueba era dura. Los aspirantes a la mano de Yunka debÃan ser envueltos en la piel fresca de una vaca y dejados al sol.
Al irse secando el cuero se encogerÃa, apretando y estrechándolos con gran dolor.
El que resistiera más tiempo, o sea el más duro y fuerte, se convertirÃa en el esposo de su hija.
El dÃa señalado, ocho pretendientes fueron envueltos y dejados en el campo al aire y al sol.
Uno a uno los indios que no soportaban el tormento fueron abandonando.
Pasados unos dÃas sólo fueron quedando dos; Jahé y Aguará.
Cuando este último pidió que lo liberaran de la terrible prisión, la gente de la tribu vino a sacarlo y lo acompañó hasta su rancho.
Cuando regresaron para declarar vencedor a Jahé vieron asombrados que, de la enrollada piel salió una avecilla que voló y se asentó en un árbol cercano.
El fuerte y valeroso albañil se habÃa convertido en un pájaro que con un silbo muy agudo saludaba a su libertad.
Yunka quedó desilusionada y muy triste. Se encerró su rancho y se negó a salir. Pero un dÃa, ante el asombro de sus padres y vecinos, también levantó vuelo y fue a reunirse con su amado que la esperaba en el bosque.
El bueno de Tupá, dios de los indios, se habÃa apiadado de ella y la convirtió en la compañera de Jahé.
Como señal de buen augurio aquella noche cayó una lluvia mansa que lavó el campo, los árboles y las penas…
Y a la mañana siguiente, todos vieron cómo la pareja de avecillas amasaba con sus patitas el barro de una charca y lo mezclaba con trocitos de paja.
Allá en lo alto, en la horqueta del algarrobo del rancho de su abuelo, el pájaro comenzó a construir su nido con el barro que le alcanzaba en el pico su hermosa compañera.
Mientras cantaban su canción de amor que posiblemente traducida a nuestro idioma dirÃa:
Nuestro nido no será de plumas
Son livianas, volarán.. .
Mejor lo hagamos de barro
Bien seguro y abrigado
En donde nuestros hijitos,
sin peligro crecerán
Y será nuestra casita
Nido de felicidad…
<<Y como la casita que construyeron tenÃa la forma de un horno para cocer pan, a esas avecillas que según los estudiosos pertenecen a la familia Furnarildae comenzaron a llamarlos horneros».*
El nido tiene dos compartimentos y está muy bien orientado para que ni la lluvia, el calor, la furia del viento o ningún intruso molesten a Yunka, cuando ponga sus cinco huevos y se eche a empollar.
* Leopoldo Lugones: Fábulas Nativas. Ed. Kapeluz 1924.
ExtraÃda de Leyendas cordobesas, argentinas y latinoamericanas. MarÃa Amalia Maza de Miranda. Ediciones del Boulevard. 2005.